Comentario sobre “Crónicas de una Fuga”, por Claudia Rivera
Cuando observamos películas como “Crónicas de una Fuga” probablemente nos parece estar reviviendo la historia sociopolítica de tantos países de latinoamérica, así se me vienen a la mente filmes argentinos como “La historia oficial” hecha en 1985 por Luis Puenzo, “La noche de los lápices” hecha en 1986 por Héctor Olivera, “Garage Olimpo” realizada en 1999 por Marco Bechis, o películas chilenas como “Chile, la memoria obstinada” hecha en 1997 por Patricio Guzmán, “Estadio Nacional” realizada el 2001 por Cármen Luz Parot, o el filme brasilero “Araguaia-La conspiración del silencio” de Rolando Duque hecha el 2008 y así… suma y sigue.
Tal vez es en estas películas donde se hace más evidente el protagonismo del cuerpo, ya sea la ausencia del cuerpo, el cuerpo torturado o el cuerpo prisionero, es decir, se hace aún más visible que éste es una materia simbólica donde se cristalizan los imaginarios sociales de un lugar y de un tiempo. Asimismo, se puede ver claramente cómo en el cuerpo se despliegan a pequeña escala los poderes y peligros de la estructura social.
En ese sentido, es por este protagonismo que nos presenta la película, que podríamos hablar del cuerpo desde los más diversos imaginarios, ya sea como cuerpo estigmatizado, como cuerpo subversivo o como soporte de valores, sin embargo, quisiera centrarme en el castigo y en el control político de la corporeidad.
Personalmente, desde que vi la película hace unos años atrás y cada vez que la vuelvo a ver, tal vez la escena que más me marca es a la hora siete minutos cuando cuatro de los prisioneros son amarrados desnudos a los catres y uno literalmente es limpiado por un guardia… “ustedes son gente sucia…cómo puede ser que un tipo tan joven esté tan sucio y podrido por dentro, te voy a sacar bueno Guillermo, brillo te voy a sacar, yo te voy a limpiar carajo”.
¿Qué simboliza este acto?, ¿Qué es lo que se intenta hacer? Cuando observamos la representación de estos castigos como forma de corregir la insurgencia, pareciera que se pone en jaque los planteamientos teóricos de Foucault sobre la evolución histórica del castigo, sin embargo, lo único que hace es confirmarlos.
En primer lugar, el hecho que estos jovenes sean llevados a una casa escondida y que los mecanismos de castigo sean realizados en la complicidad de esos cuartos, nos demuestra cómo se trata de ocultar estas prácticas, de apartarlas del escrutinio público, lo que facilitaba que gran parte de la población la desconociera y aún hoy niegue su existencia.
Por otra parte, qué es el simbolismo de limpiar a un detenido sino un castigo sobre la conciencia abstracta, es decir, acá el cuerpo orgánico se presenta como un intermediario al que se le aplica cierta medida de sufrimiento corporal, pero el verdadero castigo ahora está en la privación o suspensión de libertades, en la prohibición de ver, de comer, de ir al baño, etc.
En este sentido, esta escena pone al descubierto lo que Foucault llama una tecnología política del cuerpo, donde el castigo actúa sobre el corazon, el pensamiento y la voluntad, donde se juzga en base a juicios prescriptivos de normalidad. Asimismo, vuelve literal la relación entre saber y poder, ya que en este caso el dominio de un conocimiento específico –el nombre de otros militantes- es su fuente de poder y el manejo de esta información una de las razones de su castigo. Es así, como podríamos pensar que finalmente lo que se castiga “es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber”.
